Un ser vivo de con forma de trompeta demuestra que no hace falta un cerebro para ser inteligente

Más allá de derrumbar un ‘neuromito’, este protozoo aporta datos clave acerca de cómo se originó la inteligencia en la Tierra primitiva

La bacteria con el genoma más pequeño del mundo ‘retuerce’ el concepto de estar vivo

Rubén Badillo

Colaborador de National Geographic España

Tendemos a pensar que el tamaño del cerebro es el factor determinante de la inteligencia humana. Sin embargo, esta correlación es considerada habitualmente un neuromito, ya que la estructura, organización y conectividad neuronal son factores mucho más importantes que el volumen. En cualquier caso, consideramos indispensable una estructura orgánica de este tipo para aprender y resolver problemas, por ejemplo. Sin embargo, la naturaleza está empeñada en llevarnos la contraria, como acaba de demostrar Stentor coeruleus.

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Stentor coeruleus es un microorganismo que apenas mide 1 milímetro y que llama la atención por su característica forma, que recuerda a una trompeta. Precisamente, él ha sido el objeto de estudio de una reciente investigación realizada por científicos de la Universidad de Harvard, la cual ya se puede consultar en el portal de preimpresión Biorxiv. En ella se detalla cómo este protozoo es capaz de ejecutar procesos de aprendizaje asociativo, lo que se consideraba hasta ahora imposible para seres vivos sin cerebros complejos.

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“Esto me sorprendió porque no teníamos evidencia previa de aprendizaje asociativo en este organismo, así que no teníamos forma de saber si funcionaría.”, afirmó el investigador Samuel Gershman, autor principal del estudio. Conviene decir que estos seres suelen vivir en estanques y que han demostrado capacidad para vincular estímulos.

Capacidad de aprendizaje celular

Para comprobar si Stentor coeruleus era capaz de asociar estímulos, los especialistas de Harvard colocaron varias decenas de ejemplares en placas de Petri y aplicaron vibraciones controladas mediante un dispositivo de precisión. Los datos obtenidos reflejaron que el protozoo experimenta un proceso de habituación, dejando de contraerse ante impactos que no suponen una amenaza real. Esta respuesta inicial fue el preámbulo para testar un protocolo de aprendizaje mucho más sofisticado que el simple instinto de supervivencia.

El experimento principal consistió en un sistema de emparejamiento donde se aplicaba un toque suave seguido de uno intenso un segundo después. Tras 10 repeticiones de este patrón, el Stentor coeruleus comenzó a reaccionar con fuerza ante el estímulo débil, anticipando el golpe posterior. Según explica Samuel Gershman: “Esto sugiere que las células individuales pueden implementar algoritmos de aprendizaje no triviales”, lo que valida la existencia de procesos lógicos dentro de una única célula.

Este fenómeno de condicionamiento demuestra que la maquinaria necesaria para aprender podría ser mucho más antigua de lo que se estimaba hasta la fecha. El estudio plantea la posibilidad de que el origen de la memoria y la asociación de ideas preceda a la aparición de los sistemas nerviosos centrales. La evolución de estas habilidades cognitivas parece estar grabada en la estructura fundamental de la vida orgánica y no solo en la red neuronal.

La relevancia de este trabajo reside en que rompe el dogma de que la inteligencia requiere materia gris o circuitos sinápticos complejos. Al observar cómo una estructura tan simple gestiona la información externa, los autores sugieren que la plasticidad conductual es una característica intrínseca de la biología celular. Esto abre un nuevo campo de estudio sobre cómo otras especies similares podrían interactuar con su ecosistema de forma inteligente.

La evolución de la inteligencia primitiva

Las conclusiones del estudio indican que las formas avanzadas de conocimiento podrían haber surgido en seres unicelulares mucho antes de la explosión de la vida multicelular. De hecho, Gershman sostiene que la aparición del aprendizaje asociativo quizá no dependa de tener un cerebro, planteando una pregunta clave: “¿Surgió el aprendizaje asociativo por primera vez en organismos multicelulares con cerebro? Probablemente, no”, cuestiona el científico de la Universidad de Harvard en su informe.

Finalmente, la investigación destaca las similitudes estructurales entre estos organismos y las neuronas que componen el cerebro de los seres humanos. Los autores concluyen que es probable que nuestra propia arquitectura cognitiva todavía emplee mecanismos de aprendizaje que aparecieron originalmente en estas células aisladas. Stentor coeruleus se convierte así en una pieza fundamental para comprender cómo la vida desarrolló la capacidad de procesar y recordar su entorno.

Fuente: National Geographic

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/ser-vivo-forma-trompeta-desmuestra-que-no-hace-falta-cerebro-para-ser-inteligente_28159